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LAS GASTA MÁS DURAS

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   Le odiaba tanto que hasta me asusté de mí mismo. El propósito inicial que me llevó a la granja escuela "Los Corzos" había dado un giro tan insospechado como indeseable. Para algunos que hemos nacido en el medio rural, el campo es nuestra única salida. Las grandes urbes quedan lejos, a veces e, incluso, representan un entorno hostil e incierto, por lo que trabajar el campo significa algo más que ganarse el sustento; me había propuesto hacerlo bien, convertirme en un profesional. Cuando finalicé el segundo nivel de las enseñanzas agropecuarias surgió la posibilidad de continuar mi curso de especialización en la Hacienda "Los Corzos"; me atrajo especialmente la idea de que no me alejaba demasiado de la comarca y que, por primera vez, tendría contacto con los viñedos, mundo que me apasionaba.

Sin embargo, enseguida pude percibir que el aire que se respiraba en "Los Corzos" se salía de lo habitual. Su capataz, al que llamaban Bravo Jo, era un hombre corpulento y de gran envergadura, entrado ya en redondeces más por el descuido que por los años. Su voz ronca y cascada gritaba en vez de hablar y, de su sarcástico tono, lo que más desagradaba eran sus estentóreas carcajadas que siempre comenzaban de un minúsculo hilo de risa sostenido entre dientes.

–…Si algo queda por recoger, mi amigo el espantapájaros me lo contará. –Fueron sus primeras palabras, mientras señalaba hacia el otro lado de la huerta.

Llevaba más de una semana entregado de pleno a la insigne tarea que me había encomendado. En la huerta que se extiende frente a la cuadra, había un gran magnolio, cuyas anchas hojas caían sin descanso y que había que rastrillar para amontonar. Cada mañana el montón de hojas aparecía revuelto y nuevamente disperso, con lo que debía volver a reunir las hojas recogidas y las nuevas. La desolación de ver mis sueños tan alejados del principal interés, hacía crecer en mí un sinsentido imposible de disimular en la expresión de desgana de mi rostro. Los demás lo contemplaban mayormente en silencio, con la experiencia callada de quienes antes padecieron ya la bravuconada. El mal sabor de boca que a alguno le quedó, le impidió después volver a sentirse solidario. Otros marcharon o casi huyeron. El compañero de mesa me contó que, el pasado año, uno de los muchachos apareció ahorcado en el desván; fue una etapa tensa y reciente en que muchos vieron peligrar su futuro, pero sin poder poner otro remedio, sino esperar el fin del curso y así trasladarse a otro centro de personal más cualificado.

Al fin y al cabo, yo había tenido suerte, según mi compañero, pues mi castigo, aunque continuado, era leve. Con él, sin embargo, según contó, no anduvo tan repartido, sino que se ensañó todo de un golpe. Me enseñó la cicatriz que le quedó de aquella novatada, cuando al intentar sostener la soga que aguantaba la carga, previamente desatada, el peso de la violenta caída le deshizo el pulgar derecho. No perdió el dedo, pero se le dejó inservible, me explicaba mostrándome su inutilidad…

–La vida las gasta más duras. –le susurré, tratando de consolar.

–…No, el diablo. –apuntó mi amigo.

Aquella tarde rastrillé cada hoja muerta que caía a la huerta. Al lado, un vasto maizal se extendía ahora vacío, custodiado tan sólo por un abandonado espantapájaros, que con su rígida mueca no conseguía ahuyentar las bandadas de cuervos y urracas que repicaban entre las briznas. Con el atardecer casi no distinguía ya las hojas en la yerba, pero rastrillé mecánicamente y, azuzado por el desconsuelo, lloré. Sí, lloré amargamente, de rabia, molesto al recordar las palabras de Bravo Jo:

–A lo mejor al espantapájaros no le caes bien…

Sus risotadas seguían oyéndose aún después haberse marchado, y el eco macabro de su fechoría me hería más que la broma en sí.

A la mañana siguiente, cuando me disponía a reanudar las tareas en el establo, el revuelo de la granja me inquietó y, rápido, me acerqué al grupo de muchachos, que enseguida abrieron cerco al grotesco espectáculo con el que se encontraron… En el rellano del abrevadero, el cuerpo de Bravo Jo yacía tendido, inerte, atravesado por una gruesa vara que asomaba más de dos cuartas por su boca. Muerto y empalado, le tapaba la frente el desaliñado sombrero del espantapájaros; en una mano, apretada, la nariz de zanahoria y en la otra, también contraída, aguantaba el rastrillo. El silencio que reinaba nos obligaba a mirarnos unos a otros, pero ningún atisbo de pesar afloró ante aquel horror. Al dispersarnos para nuestras labores, lo hicimos percibiendo los otros sonidos de la mañana; casi podía tocarse el aroma de la yerba fresca, antes desapercibido. En la huerta, no me sorprendió encontrar el montón de hojas intacto. Sin embargo, el espantapájaros había desaparecido… Era curioso, hasta los pájaros parecían respetar el campo en su ausencia…

 

* Colección “Son RELATOS”:  © Luis Tamargo.

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