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UN PUENTE CRUZA...

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   Se tragó todo el miedo de golpe con aquel súbito encontronazo. Llevaba horas caminando, desde que salió del aeropuerto y, ahora, la niebla ya ocultaba la carretera por lo que, pegado a la cuneta, no pudo evitar tropezarse de sopetón con aquel mendigo harapiento que, con su brazo extendido, parecía capaz de exigirle limosna al diablo mismo. El hombre reaccionó templado y, disimulando el susto, rebuscó en el petate hasta dar con la manta de viaje, que tanto le costó introducir sin estropear la cremallera. Era una buena ocasión para deshacerse de ella…

–Tome, oiga, no puede andar así por la calle a estas horas…

El viejo barbudo recogió la manta con expresión desorbitada y el hombre prosiguió carretera adelante. Controló la respiración una decena de metros hasta sentirse, por fin, aliviado. Se podían vislumbrar las farolas del viejo puente que entra en Searles y, acelerando el paso, descendió por la estrecha carretera que conduce a la población.

El vuelo que lo trajo a la capital lo hizo con un retraso exagerado, algo ya casi habitual. Hasta allí no había autobús de noche, pero era necesario llegar, pues a primera hora de cada mañana salía la línea que iba a Dursot, la casa de sus padres y destino final. Hacía más de cinco meses que no tenía trabajo. Tras más de once años sin el más leve problema en su empresa, fue despedido, al igual que otros tantos que, de repente, se convirtieron en un peso excesivamente caro, según el criterio esgrimido por la nueva directiva. Lo que más lamentó de aquella situación fue acceder de nuevo al primer plano de la desgastada atención de sus padres, para quienes, ya mayores, cualquier tipo de preocupación era lo menos conveniente.

Al principio se dio tiempo, un margen prudencial para asimilar el golpe y, quizás, con algo de suerte, volver a incorporarse en otro trabajo, pero necesitaba un cambio de aires, un remanso entre tanta tensión acumulada. Sus padres ignoraban que llegaba, aunque sabían lo de su empresa. Ahora vivían en Dursot, pero años antes residieron en Searles y él aún retenía en la memoria, casi con la misma nitidez de su infancia los senderos entre los bosques.

Cruzó el puente, iluminado tan solo por los halos tenues que la niebla dejaba traspasar. Abajo, escuchó el río que nutría la laguna; se podía adivinar su lento cabalgar. Estaba cansado. Los doce kilómetros que separaban el aeropuerto del pueblo le ayudarían a descansar mejor; sólo pensaba en la pensión de la señora Cortéz, ahora regentada por sus sobrinos, y en el día siguiente, por fin, de vuelta a casa.

La mañana se despertó en medio de una lluvia plomiza, sin amanecer, aunque tibia. El autobús que le llevaba a casa se detuvo a la entrada del puente que cruza Searles. Los vehículos atravesados de la policía impedían el paso al tráfico y, con sus luces parpadeantes, levantaban la curiosidad entre los habitantes de la tranquila villa. Un agente subió al autobús y avanzó por el pasillo en actitud vigilante, observando cada detalle de los pasajeros. Luego, respondió a la inquietud de una nerviosa anciana… Habían encontrado el cuerpo ahorcado de la baranda del puente, colgado sobre el río. Pertenecía a un jefe de la antigua fábrica. La anciana, a su lado, le golpeó con el codo y farfulló:

–Se llevan la fábrica, acabarán con el pueblo, con la gente…

Sí, es duro comenzar de nuevo, pensó él, sin entrar a la conversación.

Una ambulancia hizo sonar la sirena al abrir la comitiva y, detrás, le siguió el automóvil que transportaba el cadáver. Los policías ordenaron la circulación y el puente volvió a cobrar vida mientras los pasajeros regresaban a sus asientos.

–¡Ya nos movemos! Por fin se pone en marcha… –la anciana farfulló de nuevo en voz alta.

–…Sí, la vida sigue.

 

* Colección “Son RELATOS”:  © Luis Tamargo.

 

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